De Argentina a Alaska en Ford A

Nuestros amigos Sebastián y Celeste, 2 profesores de lengua y literatura, viajan con su hijo desde Argentina hasta el fin del continente (!), una aventura increíble en la que se han embarcado ya por más de 8 meses y contando. Hazaña que además ha remarcado el espíritu de la hermandad Ford A en Latinoamérica: Acá una nueva publicación de su viaje ya a la altura de Centro América.

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La vida es el naufragio de nuestros planes, leí por ahí. La Aduana de Costa Rica confirmó a través de un mail que está prohibido circular en el país con el timón a la derecha y eso embarró la cancha. Pensé entonces en hacer un falso timón a la izquierda, que no girara ruedas como lo tienen los de las calesitas, para pasar la frontera. Imaginé a Celeste manejar así. El de mi lado lo taparía con algún bolso. La otra opción es pasar efectivamente el volante al lado izquierdo, una reforma provisoria hasta cruzar el país, pero no así los pedales, pues es más complicado. Así, Cele manejaría y yo pedalearía. Ella diría “Acelerá, frená..” Yo diría “Más a la derecha, guarda la bicicleta..” Suena ridículo, absurdo, pero estaríamos avalados por la ley costariquense. Cami, en medio del grupo, podría pasar los cambios. Empero llegar hasta allá y que esto no resulte derivaría en la quita del auto y el fin del viaje. Aún con el auto, una vez allí, no hay otro país por el cual pasar. Por ello, la 3ra opción: arribar con el barco a cualquier país más al norte pues en cualquier momento un viaje puede ser la mixtura del agua con la tierra tal como ocurrió en el nuestro: en un momento, a bordo de una lancha con poderosos motores licuando el mar, llegamos hasta la isla de Tinipán para descansar de tanto asfalto. Allí el Caribe se palpita ya.

Necesitábamos estímulos y los completamos pasando la isla más poblada del mundo y visitando los mágicos arrecifes de coral. Luego de la escapada, otra vez tierra firme y el dedo en el mapa aplastando la palabra Sincelejo. Llegamos y conocimos a Rodrigo Hernández. Hace 10 años viajó con Tutufata, su Ford A 1928 desde aquí hasta la Patagonia. Con esta presencia idónea, la idea de llegar a su rectificadora era sacar motor y pelear con bielas y pistones, pero no vimos en Rodrigo el mismo entusiasmo. Si llegó hasta aquí, anda -dijo. Coincidí, de alguna forma, con su visión. Nos ofreció un lugar para quedarnos y se mostró generoso en todo aspecto. Pero entonces insistí con la mecánica. Si el motor anda, entonces saquemos el diferencial. Lo hicimos y descubrimos el cardan torcido, su bolillero roto y los planetarios con juego. A reparar como sea. El idioma, aunque es castellano, ya es otro. Se van perdiendo cada vez más los dichos entre la gente de aquí y nosotros ya sea por el ritmo de las voces, los dialectos y la moda de hablar sin modular bien. Uno oye “ie Ico” y debe inferir “Oye, chico…”. Aquí hace tiempo que en las calles imperan las motos. Van y vienen en enjambres. Con el mecánico Rafael al manubrio, fuimos a cazar repuestos.

 

 

El sol es un buen empleado que nunca falta. Los hombres hacen fiaca en las sombras y muchas mujeres se cubren con un velo del sol como árabes. Una cosa extrañable es la comida argenta pero siempre esperanzados en hallar sabores que irrumpan esa maña. El caos de a poco se mete por las ventanas del auto ahora inmovil, pues mientras desarmo las piezas que ya conozco por dentro y por fuera, el tiempo apremia. En una hora, saqué también la caja con la ayuda de Cami. Así como en cada país, uno tiene un tiempo para estar en Colombia, luego habrá que partir. Hacia dónde hoy es la pregunta. Viajando brutalmente, como diría el escritor Cesare Pavese, sentimos estar a un costadito del mundo, como si nos acurrucáramos en un rincón imaginario para vivir la vida sin joder. Para muchos, el planeta gira más rápido de lo que indican los relojes y mantienen un ritmo fuerte. Aunque no lo crean, ir más despacio de lo que uno acostumbra es tan difícil como salir de una adicción. Algunos supieron bajar el ritmo tras un accidente o una enfermedad. Ya no hay señal mejor que indique que iban demasiado rápido. Cuando llegaba la noche en la zona de playas, destapábamos la capota y dejábamos todo de lado cinco minutos. Mirábamos el cielo concentrados para ver si alguna luz se movía. El cielo es una obra de arte natural y viviente. También lo es el río, el mar, el césped, un árbol, un animal, una tormenta. Si quitáramos la agenda de nuestros ojos notaríamos que estamos rodeados de arte y que puede vislumbrarse a través de una ventana, de un paseo breve, una zambullida. Siempre me duele el momento histórico en que un loco malo se llevó al loco lindo de Lennon. Luego de eso, en una especie de duelo largo, a la gente le costó volver a imaginar.

 

 

No sé qué haremos, desconozco hacia dónde podremos ir, sin embargo entiendo que preocuparse por algo es gastar pólvora en chimangos. Acaso vivir con seguros, rejas, alarmas, cámaras ha detenido a los ladrones? Tiremos la pólvora y dejemos a los chimangos volar. “Imagínate a todo el mundo, compartiendo el mundo…” canta Lennon. Y en Beatutiful boy, a su niño le dice: “No tengas miedo, el monstruo se ha ido.” Los monstruos son los que aparecen bajo nuestro propio reflejo. Si están aquí, los trajimos nosotros. Estar con rumbo incierto puede ser tan caótico como bello. “Todos los viajes tienen destinos secretos sobre los que el viajero nada sabe” dijo Martin Buber, filósofo. Nuevamente pienso que el viento nos lleve, pues Dios debe ser quien sopla. Superar miedos puede ser una pequeña fórmula para vivir livianos. No importa. Busquemos, encontremos! uno tras otro, un día lindo, así como para guardarlo en un frasco, de recuerdo. Adiós amigos, me reclaman. Bay bay! Voy al mundo grasiento a ajustar tuercas.

 



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